IZQUIERDA TILINGA Y DERECHA MISTONGA


por Diego Gutiérrez Walker

Una de las consecuencias de la disgregación del peronismo como movimiento político que supo congregarse alrededor de un liderazgo natural y de un complejo cuerpo doctrinario es haber convertido a la política argentina en una celda en donde sólo caben lugares para una izquierda socialdemócrata y gramsciana y para una derecha liberal y entreguista.
Lo cierto es que en esta sociedad que nos dicen es plural, democrática, que en el futuro será más participativa, más equitativa vía un progreso indefectible en el que todos creen pero que nadie ve y otras gansadas por el estilo, es una comunidad desintegrada, anómica (sin normas), de una cruel injusticia social y de una espantosa anemia nacional como para reaccionar coherentemente a todo el sinsentido en el que nos encontramos.
Cuesta encontrar argentinos que crean en algo trascendente por lo que luchar, y en cierta medida es lógico, porque si bien puede haber personas que estarían dispuestas matar por la división de poderes, la libertad de prensa o por un paraíso terrenal sin clases sociales, lo cierto es que mucha menos gente estaría dispuesta a morir por eso.
Lo nuevos intelectuales (orgánicos de la nada), en tanto “nueva clase sacerdotal” al decir de Muñoz Azpiri (h), tienen un rol muy importante en todo esto que bien supo describirlo Alberto Buela: “Hoy los nuevos intelectuales son hombres de una pobre formación humanista, ya no más filósofos, literatos, sociólogos, historiadores ellos son periodistas y locutores. Comentaristas guionistas y chimenteros. Son los que conforman la "gran patria locutora y escribidora" de la que habla el escritor Abel Posse.
Gente de una irredimible ligereza que reúne en sí los tres rasgos de la existencia impropia de que habla Heidegger: a) La habladuría: hablar por hablar, b) la avidez de novedades: querer estar enterado de todo, estar al día, y, c) la ambigüedad: nada es verdadero ni nada es falso (Lo mismo un burro que un gran profesor como dice el tango Cambalache). Estos tres rasgos se multiplican y exacerban hasta el hartazgo entre los "nuevos intelectuales", estos grandes lectores de contratapas de libros nunca abiertos”. [I]

Izquierda tilinga

La expresión tilingo era utilizada por el hoy manoseado Arturo Jauretche (aquél a quién se lo menciona en inopinadas citas parciales de caprichosos cortes que pretenden, sin éxito a la vista, justificar lo injustificable) con el fin de vilipendiar a esa clase media gorilona, sarmientina, liberal y mitromarxista de la época del peronismo (clase media…media culta, medio instruida, etc diría Jorge Abelardo Ramos) que calaba muy bien para describir a esa pequeña burguesía de la Argentina dorada del siglo XX.

Esa clase media que podía ser descripta por la famosa triple p (progre, pacata y pelotuda), fatigadora de contratapas de Feria de Libro, mediocremente culturosa y de una insoportable corrección política; fue suplantada por una izquierda que supo ataviarse de una auténtica tilinguería. Y es lógico que así haya sucedido, por que si uno se pone en estrictamente clasista, debe conjeturar que la izquierda en Argentina nunca fue proletaria sino burguesa. Y esa situación no se modificó ni siquiera por el “gran salto” dado desde la época en que el proletariado era el pueblo trabajador para convertirse en un ejército de lúmpenes; de la conversión de un peronismo que supo ser un populismo cristianizante e hispanoamericanicista a este progresismo democrático, laicista y “latinoamericanista”.

Y si remarcamos que la tilinguería de esa clase media gorila la heredó la izquierda, aunque pretendidamente jauretcheana y nac&pop, es porque en el fondo de su corazoncito siguen siendo gorilas (en la acepción tradicional del término).

Una izquierda que carece de luces para el pensamiento y la acción política, enclaustrados como están en una pseudoideología degradada en afligido duelo por el entierro de las idolatrías del marxismo y sus ensangrentados intentos de inducir a la lucha de clases a proletarios que no eran otra cosa que burgueses humildes que tenían esas retardatarias aspiraciones de educar a sus familias, adquirir pequeñas propiedades y mantenerlas para que sus hijos puedan heredarlas en el futuro.

Ahora les siguió este triste rol de administradores socialdemócratas de un capitalismo de factoría periférica, de falsos profetas de una distribución de riquezas imposible en la etapa actual del capitalismo globalizador al que administran “políticamente” y condenan “gatopardistamente”.

Promotores de un garantismo leguleyo que deja a millones de trabajadores de los grandes suburbios como rehenes de ejércitos del hampa con vanguardias encabezadas por hordas de menesterosos, mientras las nuevas oligarquías puertomaderistas cuentan con el privilegio de ser protegidos por la Prefectura. Por supuesto, si algún osado vecino de Wilde pretende contar con la Gendarmería o con mayor policía para poder transitar por su barrio, la respuesta será que primero deben resolver la inequitativa distribución de la riqueza generada por la derecha neoliberal pos-caída del muro y terminar de ganar la batalla cultural contra el gatillo fácil de la policía de Camps. En criollo, jódase, estamos viviendo una maravillosa democracia.

En términos culturales y educativos siguen encandilados con las luminarias de un laicismo decimonónico absurdo embadurnado con un anticlericalismo adolescente en momentos en que a la Iglesia le falta pedir perdón por el Baldaquino de Bernini y solicitar permiso administrativo para cumplir con el Sacramento de la misa dominical. Usufructuarios de una neopedagogía diseñada por lobotomizados y que ya no depende de una mala designación ministerial sino que es parte de un sistema estructural donde las segundas, terceras y cuartas líneas de los organismos responsables están todas compuestas por cientistas sociales surgidos de semilleros como el FLACSO, CIIPEC y otras tantas ong´s y centros de estudios que son a la UNESCO lo que los sanitaristas a la UNICEF y los tecnócratas de las finanzas públicas al FMI y al BM.

Transmisores de un efluvio derechohumanista de lo más cerril y hemipléjico con el que pretenden contarnos una historieta de jóvenes idealistas y sanguinarios militares, sólo apto para ser consumido por imberbes educados por la radio rock&pop, los libros de Felipe Pigna y el cine hollywoodense (porque el 90% del cine argentino es un bodrio culturoso que nadie soporta) y ya que estamos, desarticular a unas fuerzas armadas direccionadas por tecnócratas del CELS, que de tan antiimperialistas que son, se dejan financiar por británicos y norteamericanos.

Todas vaguedades conceptuales propias de esta izquierda llena de proclamas vacías que no traen ninguna solución a nuestros innumerables problemas, como por ejemplo, justificar la legalización del consumo de drogas porque su represión significaría criminalizar la pobreza y el verdadero enemigo es el narcotráfico. Léase, jódanse usted y sus hijos falopeados mientras al narcotraficante le damos todas las facilidades para colocar sus productos en el mercado, con la TV, la radio y toda la parafernalia de la música rock como publicidad subvencionada y con facilidades para lavar sus dineros en cuanto casino o bingo se les ocurra construir…no ya en medios de los pintorescos paisajes de Tierra del Fuego dónde atracan los turistas extranjeros que bajan de potentes cruceros (vaya y pase), sino en el medio de los populosos barrios de La Matanza y Lanas.

En fin, una izquierda argentina que de revolucionaria y marxista devino en socialdemócrata y gramsciana, y que ni siquiera puede conseguir los porcentajes de sufragios de Chávez o Morales (o de Uribe). Porcentaje de votos que no necesariamente pueden hablar bien de quienes los obtengan, pero si hacemos el esfuerzo de seguir con la hilación (o falso silogismo que es lo que define al sofisma) de la liturgia a la deidad del sufragio, tenemos que expresiones políticas autodefinidas como populares, no sólo son antipopulares en la acepción tradicional y ortodoxa del término, en tanto perjudican objetivamente al pueblo, sino que además son terriblemente impopulares, porque el escarmiento ya lo perciben a la vuelta de cualquier esquina.
Derecha mistonga

Todo esto no sería tan grave si a la izquierda tilinga que padecemos le correspondiera una derecha que pueda despertar alguna expectativa de mejora o de cambio. Una derecha que no aprendió (o no quiere aprender, o niega o simplemente no le importa) de los errores o horrores de la década pasada, esa que prometió los manjares del primer mundo y terminó con una escenografía típicamente tercermundista, con millones de desocupados, ejércitos de indigentes revolviendo la basura en las grades ciudades y destruyendo lo que quedaba de un sistema de industrial desarticulado (salvo excepciones como la industria automotriz sobreviviente de un sistema de moneda que permitía un salario fuerte, sostenido artificialmente por un sistema de cambio que se vino abajo como un castillo de naipes).

No sabe hacer otra cosa que repetir las consignas gastadas del consenso de Washington, como si el descalabro del 1 a 1 o lo de las torres gemelas no hubieran existido, apelaciones a un “moncloísmo” a la bartola recitado por charlatanes que intentan pasar desapercibidos a través de posturas circunspectas y expresiones taciturnas ideales para ser consumidas por el señoragordismo porteño de los programas políticos de cable. Moncloísmo, además, inoportuno.

Como si la Argentina democrática, digna heredera de la proclama de acción del denostado proceso militar, fuera equiparable a la España que se encandilaba con la modernidad europea mientras velaba a Franco.

Llamados a un consenso sobre nada concreto, deseos intangibles de renovar las instituciones en el medio de una anarquía social y un raquitismo cultural inaudito, todo condimentado por fraseologías elípticas escritas por cardenales convertidos en monaguillos de rabinos que parecen psicoanalistas escribidores de libros de autoayuda.

Un democratismo pueril y culposo que le permite a la izquierda adolescente y vulgar llevar la delantera en estas discusiones sobre la nada y convertir a economistas de la CTA que nadie vota en oráculos radiales y televisivos de una prensa adicta a la estulticia.

El sacerdote Leonardo Castellani, uno de los escritores más prolíficos que dio la Argentina del siglo XX, sino su hombre más culto, solía mofarse de lo que él denominaba el catolicismo mistongo. Vale decir, una religión católica cuya sacralidad era vivida con superficialidad a través de una pomposa exteriorización que disimulaba una confesionalidad más cercana a un protestantismo práctico que permitía tolerar una fe supeditada a las necesidades de una vida materialista en la dura faena de sobrevivir en un mundo capitalista.

No esta mal aplicar la adjetivación de mistonga a una derecha que, ante las vaguedades conceptuales de la izquierda, poco y nada tiene para ofrecer. Con un portuarismo “provinciano” que no es otra cosa que un cosmopolitismo tercermundista alelado y proclive a comprar cualquier espejito de color del mundo exterior bajo la consigna de un vago “integrarse al mundo”, sin poner a resguardo los vitales intereses nacionales tanto económicos, sociales como también culturales.

Dignos herederos pródigos de una oligarquía que si por lo menos tenía el buen gusto de las bellas artes y la literatura, padecían de una anglofilia y una afrancesamiento atrofiados en tanto copiaban los gustos y las comodidades del backhand (bacán) y las tertulias propias de un bon vivant, pero que nunca hicieron el esfuerzo de copiar un aguerrido nacionalismo inglés, ese que mientras no tuviera una marina propia aplicaba una restrictiva acta de navegación y que esperaron tener la mayor marina del mundo para proclamar a los cuatro vientos el derecho inalienable a la libre navegación internacional. Tampoco copiaron nunca el tan denostado chauvinismo cultural francés de unos nacionalistas franceses orgullosos hasta de sus insoportables defectos.

Nacionalistas argentinos como Julio Irazusta o José María Rosa habían estudiado aplicadamente los procesos históricos ingleses, por eso quisieron copiarlos bien siendo nacionalistas. Vicente Sierra o Ernesto Palacio eran furiosos hispanistas que nada tenían que envidiar al orgullo cultural del francés. Uno puede estudiar la historia universal para encandilarse con naciones poderosas e imitar simiescamente sus gestos característicos y sus modismos, o aprehender de sus procesos para saber indagar la historia propia y poder discernir sus dilemas, esto es lo que diferencia a un intelectual de un pensador nacional.

La derecha careció de auténticos pensadores y tuvo muchos intelectuales, por eso nunca pudo superar su rol de oligarquía para convertirse en auténtica aristocracia. Y si en otras oportunidades supimos extrañar a las viejas oligarquías conservadoras que por lo menos supieron administrar una próspera factoría colonial que españoles, italianos, judíos y otros estimaron digna de cruzar el océano en vapor (y sobre cuyo soporte el peronismo y el posperonismo anterior al 76´ generaron un país que se destacó del resto de la región); ahora esta derecha mistonga no atina a responder más que como ese robot de la novela de Castellani “La Nueva República de Sancho” que escupía papelitos de respuestas inconexas para defender la educación laicista ante las inquisiciones criollas de Sancho.

Tal es así que si uno les pregunta sobre la violencia social incontenible en las escuelas argentinas pueden responder que la solución es establecer reglas claras para la inversión extranjera (no es broma, eso respondió una senadora del “peronismo disidente” ante la pregunta de un cronista); si uno les pregunta sobre la extrema exclusión que padecen millones de argentinos en los suburbios de las grandes ciudades, responden que lo importante es lograr que los mercados centrales bajen sus barreras arancelarias para que podamos colocar nuestros comodities; si uno les pregunta por el crecimiento exponencial del consumo de drogas, responden que es imprescindible hacer una campaña publicitaria de concientización porque el Estado no puede censurar los contenidos mediáticos; si uno les pregunta por el desequilibro demográfico y el evidente descontrol de nuestras fronteras coladores, responden que el Mercosur debe copiar a la comunidad europea y establecer un mercado laboral, comercial y financiero común, y si uno les pregunta por la pornografía inmoral que a toda hora se ve en la TV, disolvente de las valores constitutivos más elementales de la familia argentina, alegan que en primer lugar la moral es subjetiva y relativa y que la libertad de prensa es sagrada. No hay caso, es como hablar con zombis.

Se vuelven a llenar la boca de las dirigencias brasileñas y chilenas sin darse cuenta que ni los chilenos permitieron desarmar sus fuerzas armadas, ni los brasileños regalaron su petróleo y su gas a capitalistas extranjeros, así como tampoco las relaciones exteriores y los organismos estatales claves los sacan de las manos de clases dirigentes surgidas de universidades donde el pensamiento nacional estratégico no es mala palabra como aquí, para dejarlas en manos de ideólogos improvisados, sean del CEMA o del CELS.

Sentido común

Pareciera que en definitiva lo que hay es una división del trabajo entre la izquierda tilinga y la derecha mistonga.

Para la derecha está reservada el papel de la defensa irrestricta de los valores del mercado. Uno no puede negar que existe cierta fatalidad en la permanencia de un sistema capitalista que ha atrofiado la importancia del mercado como el espacio natural donde los individuos de una comunidad políticamente organizada como nación recurren para satisfacer sus necesidades materiales a través del trabajo y el dinero.

Vivimos tiempos duros donde no hay mucho margen para pretender que se apliquen doctrinas claras de pensamiento político a partir de una visión realista del estado de nuestra nación y el mundo, pero no vendría mal que desde una derecha más criteriosa se intente recuperar algo del sentido común perdido. Defender nuestra producción nacional y no dejarse embaucar por ilusiones monetaristas que siempre favorecerán a los estados más desarrollados; aplicar una política exterior defensiva tanto en lo económico como en lo militar que permita recuperar un espacio de autonomía nacional para el acceso a un auténtico proyecto de desarrollo nacional.

Dijimos que a la izquierda le quedó el triste rol de un gramscianismo adolescente que no hace más que derribar sistemáticamente toda aquella noción que todavía puede quedar de orden, de tradición religiosa, de auténtica identificación patriótica con un Destino Nacional; un revolucionarismo parlanchín de un idealismo guevarista de fotocopia universitaria que no hace más que fortalecer los tentáculos de la cumbia villera, el rock y un hedonismo juvenil (y adulto), campo abonado del capitalismo salvaje que ellos proclaman desear combatir.

No estaría mal que los afanes justicieros de la izquierda abandonen las elucubraciones pergeñadas por ideas malavenidas en histerias posmodernas del gaymonio, la libertad sindical y gansadas por el estilo, para que a partir de un realismo de lo nacional y de lo humano en toda su dimensión se pueda ir abandonando este hormiguero de masas individualistas entrelazados por un “mercado” para ir reconstruyendo una comunidad nacional donde a partir de una auténtica justicia social el hombre pueda realizarse en el núcleo básico de toda comunidad nacional que es la familia

Sentido común es lo que haría falta, realismo político que nos permita emparejar el péndulo para “izquierdizarse” un poco en lo económico a través de lo social y “derechizarse” un poco en lo cultural a través de lo nacional.

Método que en algún momento supo utilizar el peronismo con éxito y sus sucesores, propios y extraños, liquidaron en pocas décadas.

Diciembre de 2009
[I] Buela, Alberto: ¿Quiénes son hoy los intelectuales? página digital http://www.pensamientonacional.com.ar/