Del Dr. M. Crocco (Hospital Borda)


¡Oportunísima, la divulgación aquí compuesta por Muñoz Azpiri (h) !

Los crímenes que nuestra sociedad con premeditación y alevosía comete contra la ciencia tienen todos un paraguas, una cobertura, una raíz donde se alimentan y crecen sus inmundicias. Es la desmemoria.

¡Ah, si la gente con acceso a los medios hubiera podido hacer compartir el orgullo que sentíamos por la biblioteca de 24000 volúmenes carísimos reunidos en el Jardín Zoológico de Buenos Aires, con todo amor y muchísimo gasto, por Eduardo L. Holmberg, Clemente Onelli y Jakob!

Si Muñoz Azpiri (h) hubiera podido publicar hacia 1992 en los diarios alguna nota con propósito similar al de la precedente, ese gravísimo crimen su hubiera impedido.

¡Tantos casos!... ¡Las tesis en medicina de la UBA en tiempos de la Federación, todas robadas para apoyar la leyenda de que Rosas fuera un burro capitanejo de malevos !

¡Los centenares de miles de partituras de los siglos XVII y XVIII, destruidas porque nadie sabía leer esas notaciones! ¡Las tesinas electroneurobiológicas de aquel último siglo!

Y no puedo seguir enumerando, no sólo porque el dolor me haría perder la ecuanimidad sino porque no puedo resistirlo más, revolver aun más la profundísima herida, que a cada minuto renueva la cotidiana agresión.

No, eso no es lo positivo; lo adecuado es no perder también nosotros los científicos más fuerza en lamentos sino producir, en décadas de jornadas desmesuradas sin feriados ni vacaciones, aquello que es necesario para cambiar el mundo.

Por eso, ¡gracias! a Muñoz Azpiri (h) por tomar él la pluma, ya que nosotros nos vemos forzados a dejar de lado labores tales como las que él aquí asumió.

La causa de todo esto es más que sencilla, un bucle sobre sí misma de la cadena alimenticia de los homínidos. Se come sus excedentes demográficos, para quienes la cultura y todo lo que pueda conducir a esa temible arma está de más.

Pero encima que Muñoz Azpiri (h) nos ayuda a llevar la cruz, no vamos a ponernos a indicarle, nariz parada, con qué ángulo nos resulta menos incómoda.

Si cabe apuntar que Francisco Javier Muñiz no vendió ninguna pieza única, sino especímenes usuales, cuyo hallazgo habría de repetirse. Yo en su lugar, y consciente como él de las propias falencias, hubiera pagado en vez de cobrar, para que los mejores osteólogos del mundo me terminen orientando allende mis limitaciones.

El que inicia el progreso corre con los gastos, repetía Jakob, y ¡bien que en su tradición científica lo sabemos!

M. Crocco - Hospital Borda
Agosto 7, 2008