Hacia una nueva Política Cultural

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)
"No se ría malevo. Todo ser que ha recibido gratuitamente una jeta de su terrible Creador debe mostrarla, lucirla y defenderla en todos los certámenes. Es la norma universal”
Leopoldo Marechal

El nombramiento del compañero Jorge Coscia el frente de lo que consideramos una de las áreas esenciales y hasta diríamos prioritarias del Estado, ya ha conmovido al sanedrín literario y al corifeo compuesto por los ex progresistas de antaño, devenidos en vigorosos reaccionarios de hogaño.
Bastó que planteara la necesidad de “culturalizar la política y politizar la cultura” para que los custodios del Parnaso libresco lanzaran el grito lúgubre de la Vestal violada.
El 2 de agosto de 2009 en un editorial del diario que Mitre dejó de guardaespaldas se advertía con alarma que las primeras definiciones del flamante Secretario traían “el recuerdo de anteriores gestiones culturales de los dos primeros gobiernos de origen peronista dando pie a inquietarse” y que el proyecto nacional y popular permite dudar si “habrá de abarcar y satisfacer a la mayoría de los sectores de la sociedad argentina para los cuales la cultura es y será un tema fundamental en el crecimiento de un país y de su identidad.”. Eufemismo para solicitar la intangibilidad de los figurones de la cultura oficial de remanido discurso, ahora agrupados en una logia denominada “Aurora” conducida por el escritor fetiche de “La Nación”: Marcos Aguinis.
Días atrás, ya Beatriz Sarlo se había escandalizado por la marcha peronista en la ceremonia de asunción de funciones por parte de Coscia, de tal manera de dar manifiesto de “fe democrática” y adjurar de su pasado de juveniles rebeldías. El editorial de “La Nación” no perdió la oportunidad de botonear supuestas irregularidades de la gestión de Coscia en el Incaa, pero no mencionó las de la gestión de Aguinis (denunciadas por sus propios correligionarios).
El alboroto se explica ¿Hace cuánto no escuchábamos declaraciones como ésta?: “La cultura es esencial en la construcción de un proyecto nacional. La cultura y la política cultural deben formar parte de la construcción de un proyecto nacional que no deje a la cultura como una cuestión accesoria. De ahí que creo profundamente que hay que politizar la cultura y culturalizar la política; de esta dialéctica se nutre una concepción que pone a la cultura en la proa del proyecto político del cual formo parte”. Es decir, acercarnos a la comprensión de nuestra identidad colectiva, objeto central del pensamiento nacional.
Afirmación que, por cierto, lejos está de revolcarse en las oscuras miasmas de un chauvinismo hipócrita o en un antieuropeísmo de receta, pero si delimitar con rigor intelectual términos como “cultura” y “pensamiento nacional” y volver a desbrozar las malezas que nuevamente invaden la República.
Tarea no exenta de riesgo, por cierto, pues tal como planteara Jorge Bernardino Rivera en su “Riesgos y Seducciones de la Marmolería Funeraria”, ubicarse en la vereda de enfrente de materia de exégesis y apologética histórica involucró habitualmente riesgos académicos y personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros resultó peligroso no sólo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero detalle anecdótico.
“Se corría, por ejemplo el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como le sucedió a Rómulo Carbia y a Diego Luis Molinari, o de acceder apenas como miembro “correspondiente” tal como le pasó a José Luis Busaniche, a pesar de su liberalismo y su incuestionable seriedad historiográfica.
Se corría, lo que para un historiador o una bataclana equivale a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la condenación a la última fila.
Pero no se trata, por cierto, de predicar la guerra santa contra el Olimpo liberal, para erigir en su lugar una nueva casta de Inmortales revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin recortes excluyentes como los que hemos padecido) el conjunto del campo histórico y cultural, en toso aquellos aspectos que hagan de manera profunda y efectiva a nuestro proceso de descolonización, de reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios”.
Pero, en líneas generales ¿Qué entendemos por cultura?
Comencemos por las definiciones. La filosofía griega era gramática. “¿Qué es la naturaleza?”, “¿Qué es el alma?”, “¿Qué es el amor?”, etc. El propio sentimiento trágico de la vida, en la indagación unamunesca, se expresa en términos filosóficos. ¿A qué llamamos cultura? Según el léxico, al desarrollo intelectual artístico, como a la acción de cultivar las letras, ciencias, técnicas o artes.
El origen de la palabra es religioso y se relaciona con el vocablo “culto”. Los iniciados antiguos fueron sacerdotes. Merced a los conventos y los monjes pudo salvarse la herencia clásica durante la Edad Media. En el interior de nuestro país la palabra “cura” es sinónimo de culto; no goza de parecido privilegio el pastor protestante en el mundo nórdico.
Por principio, la cultura ha sido siempre menester de “clérigo”, es decir, de intelectual, de hombre de estudio, de acuerdo a la acepción histórica del concepto. Para ser culto es necesario “ordenarse”, recibir un sacramento de orden religioso o profano. De aquí que el concepto irradie una acepción “elitista”, como dice la actual y andante sociología importada, exenta de controles de cambio.
El concepto de “elite” alcanza a los estudios de humanidades, sin los cuales la cultura no existe. Todos somos iguales menos en las diferencias naturales que fijan la virtud y el talento, como estipuló la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. La decencia común y la viveza de genio son signos de aristocracia. Ninguno de nosotros aceptaría ser igual a un lavador de cheques, a un vaciador de bancos dirigido por el Estado, a un torturador público o a un ladrón de textos ajenos bajo la excusa de “construcciones intertextuales”.
En sentido etnológico, la cultura abarcaría todo lo que el hombre elabora siempre que apunte a la realización de valores de tipo filosófico y con la facultad de objetivarse en bienes mentales o espirituales. En tal forma, constituiría cultura las normas que sirven de pauta de acción a una comunidad. En ellas se asienta idealmente la conducta del grupo cultural. En el mundo ha habido hasta ahora veintidós culturas, según el historiador inglés Arnold Toynbee, únicamente, según este autor, la raza negra de África no se ha visto aún solicitada por dicha necesidad creativa. El promocionado Samuel Huntington, vocero de la paranoia norteamericana respecto del resto del planeta, señala a Iberoamérica como una de las ocho civilizaciones que en el siglo XXI se disputarán el escenario mundial, junto a la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú, la ortodoxa eslava y la negro-africana, aunque sobre esta última, al igual que Toynbee, tiene serias dudas.
Resulta por demás irónico que desde Harvard nos reconozcan una condición de civilización emergente que los intelectuales de la región aún vacilan en esgrimir, como si temieran el ridículo.
Resulta revelador y hasta sorprendente que el pensamiento hegemónico esté dispuesto a reconocernos una dimensión cultural que nosotros aún vacilamos en atribuirnos, como si temiéramos ahondar el proceso de nuestra independencia. La definición urge, pues todo indica que permanecer en una tierra de nadie es renunciar al futuro.
Varios y múltiples pueden ser los órganos culturales, pero en nuestro país desde el punto de vista estrictamente intelectual, el verdadero pulmón de nuestra corriente sanguínea es la universidad; de ella deben provenir nuestros gobernantes, políticos, reformadores, intelectuales, artistas y técnicos. En Europa y ciertas regiones de Hispanoamérica, la cultura se aspira espontáneamente. A través de las catedrales y los centros ceremoniales, los museos, las bibliotecas, las avenidas, la gran prensa, los jardines públicos. Entre nosotros ese papel es subrogado por las altas casas de estudio.

UBA: Todo el al año es carnaval

Sin embargo, la Universidad argentina está en conmoción y el movimiento y la serie de contradicciones que ésta engendra la han distanciado de los demás órganos culturales encerrándose en sí misma, como un quelonio, y sometiéndose al voluntarismo sindical de sus elecciones estudiantiles. Pero todo cambio o revolución proviene de desequilibrios y la decisión de superarlos.
El “plutonismo” universitario – llamémosle así – se inspira en el dogma de la lucha de clases y en sus mitos económicos, sociales y cívicos. Dicho fuego subterráneo ya ha consumido demasiadas vidas y riquezas. La nueva política cultural debe partir de la evidencia de que los más importantes acontecimientos nacionales han sido los combates llevados a cabo por el pueblo – y no por “vanguardias esclarecidas” – en procura de mayor dignidad y bienestar humano y social.
Hemos dicho, y lo repetimos, que luchar por la cultura nacional es, en primer lugar, luchar por la emancipación nacional, matriz material a partir de la cual nace la verdadera cultura. La lucha intelectual de hoy día es una lucha nacional.
Qué será lo que contemos de nuestro pasado y qué seamos en este siglo es algo que está íntimamente relacionado. Si se logra imponer un revisionismo gorila, al estilo de Halperín Donghi o García Hamilton, podrá influirse sobre las generaciones jóvenes con el tinte del neoliberalismo. De lo contrario podrá haber un nuevo sentido y sentimiento nacional que abarque también nuestros proyectos de integración nacional.
No obstante, el objeto general de las aspiraciones revolucionarias universitarias no sería tanto la liberación nacional cuanto el acceso de la clase oprimida al poder.
Pero ¿qué pensaríamos, si para el caso de intentar nuestra manumisión social y patriótica, se prescindiese de las garantías constitucionales y los fueros sociales? ¿Fascismo, bonapartismo?
Es necesario concitar el sano y ejecutivo espíritu revolucionario con las consignas del Movimiento, que se hallan sujetas a tácticas diversas.
El peronismo es, por esencia, revolucionario. Desde los primeros días hablóse siempre de la “revolución justicialista”. De no haber sido así, carece de toda explicación racional y lógica, el odio y la envidia del mundo respecto de la Argentina, a partir de 1945. Ya había sentenciado Ortega y Gasset: “Se habla mucho de este país, se habla demasiado – es éste un problema curioso: la desproporción entre lo que es aún la Argentina y el ruido que produce en el mundo – se habla casi siempre mal”.
Esta ofensiva “de las balas y la baba” contra el pueblo de Mayo se desató a partir del 17 de Octubre. El peronismo es una especie de Bolivarianismo ideal y mítico – no el caricaturesco del Congreso de Panamá o la decepción de Guayaquil – destinado a irradiar a todo el ámbito de la América española una solución revolucionaria común. Bolívar solo pensó en cambiar Madrid por Londres, o sea una metrópoli por otra. La solución, en cambio, reside en nosotros.
Desde que la “Revolución Libertadora” en un acceso de ingenuidad “democrática” posibilitó la influencia de la izquierda mistonga en la universidad argentina, las altas casas de estudios se convirtieron – excepto los períodos de gobiernos de facto – en un permanente foco de agitación al pedo.
El ámbito es inmejorable: primero, porque bastan unos pocos agitadores para que miles de giles los sigan gritando a favor o en contra y segundo, porque en la imagen pública, en una pelea entre estudiantes o piqueteros y la policía, la simpatía está de parte de los primeros.
Esta vez fue la elección de un rector el punto de partida para el escándalo. Fue el 18 de diciembre de 2006, cuando asumió el rector normalizador Hallú, cuando tuvo que intervenir la policía para evitar que los trabajadores no docentes de la Universidad lincharan a los supuestos “estudiantes”.
Es preciso diferenciar muy bien el problema: una cosa es que la Universidad tenga necesidad de más fondos para desarrollar sus actividades, que se deba “blanquear” la actividad docente en negro y extender el sistema de becas y otra cosa es que porque tiene todas las de ganar un candidato que no les gusta, trescientos “lúmpenes” con el aspecto de una manada de mandriles borrachos desarrollen un fenomenal quilombo.
Ahora, desencantados como siempre por sus magros resultados electorales, intenta correr a algunos decanos – como el caso de Trinchero en Filosofía y Letras – por “izquierda”. Eso si, embanderados en nobles causas como solidarizarse con el pueblo hondureño, oponerse al nombramiento del “Fino” Palacios y la policía de Macri y apoyar la batalla de los petroleros santacruceños.
Ayer acompañaron la Mesa de enlace, hoy a los obreros de Terrabusi. Es el típico síndrome de la izquierda tarada, ver situaciones “prerrevolucionarias” hasta en un embotellamiento de tránsito.
Antes pretendían el asalto al Poder. Ahora se conforman con el sánguche, el moscato y la recaudación de las fotocopiadoras. Son los resabios del “Fubismo” que con tanta lucidez evisceró Jauretche.
Pero ahora soplan otros vientos, las Universidades Nacionales ya no se amurallan dentro de los grandes centros urbanos capitalinos. Ha surgido un archipiélago de Altas Casas de Estudios en las orillas de la capital del Plata, cuya excelencia – como Quilmes, San Martín y otras – en muchos casos superan en calidad y cantidad de producción a la UBA.
Nos referimos especialmente a la Universidad Nacional de Lanús, nacida al calor de las necesidades concretas de su zona, evitando aportar a una superpoblación de abogados o especialistas en Ciencias Sociales, por ejemplo, pero proporcionando licenciaturas en Enfermería, Diseño Gráfico e Industrial, Técnicos en Imagen y Sonido, etc. Es decir, dando respuesta a los problemas acuciantes de la región. Esta labor, llevada con tenacidad y entusiasmo por su Rectora fundadora, la Dra. Ana Jaramillo, se encuadra en prolijas y funcionales instalaciones, donde la militancia política de sus estudiantes no se limita a enchastrar paredes (de hecho, no hemos visto un solo graffiti pero si cuidadas carteleras) pero si al desarrollo de actividades culturales y sociales con la comunidad, como talleres de teatro, danza y expresión para los chicos carenciados de la zona, a quienes también se les aporta un comedor y actividades recreativas en un “campus” envidiable por su diseño paisajístico, donde se encuentra una plaza denominada “Héroes de Malvinas”.
Es de destacar que la Universidad Nacional de Lanús es la única hasta el momento, que brindó un homenaje a los Veteranos de la Guerra del Atlántico Sur y que cuenta con un Observatorio sobre Malvinas. No es casual este compromiso con el pensamiento nacional: sus pabellones se llaman Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leopoldo Marechal, Rodolfo Walsh, Rodolfo Ortega Peña, etc. En este momento están realizando una nueva exposición del libro – diametralmente diferente a la que comentaremos después – y conmemorarán el 50º aniversario de “Casa de las Américas”. Es de esperar que este ejemplo cunda, por más que a la autoridades del Ministerio de Educación, en cuya orgánica todavía sobreviven muchos seguidores del socialismo cipayo, les de en el hígado.

“Horror Vacui”

Así llamaban los antiguos cartógrafos a la desesperación que le producían los espacios vacíos de sus portulanos, mientras esperaban con ansiedad el arribo de tripulaciones que le informaran de nuevos descubrimientos geográficos en el orbe. Entretanto, llenaban las zonas ignotas con tritones, narvales, sirenas y demás entidades mitológicas, ya que a falta de conocimientos apelaban a la imaginación. Pues bien, los “intelectuales orgánicos” del sistema, ante la conmoción que les produjo escuchar la marcha que enaltece al “Tirano prófugo, gran corruptor y sacrílego pirómano”, nada menos que en Salón Miguel Cané de la Secretaría de marras, comenzaron a exhumar del arcón de los trastos viejos toda la parafernalia de folklore gorila. Su horror vacui político, su estulticia y aridez mental, los hizo recurrir a los antiguos íconos, ya que no pudieron superar la resaca de la borrachera del 55. La sola mención de instrumentar la cultura como proyecto transformador de la sociedad y no como un Jardín de las Hespérides para goce de las castas parasitarias, fue suficiente para que volviera a agitarse el mito de “Alpargatas sí, libros no”.
Ni en las Obras Completas y Discursos Completos de Perón editados por el Congreso, ni en las obras de Perón publicadas por ediciones oficiales o comerciales o privadas, o en textos históricos reconocidamente antiperonistas, ni siquiera en conversaciones informales de Perón (todo lo hablado y escrito por Perón está documentado), se encuentra la frase repetida hasta el hartazgo por tilingos y señoras gordas.
Si lo que se pretende con este infundio es destacar la ignorancia y el resentimiento de las clases populares, debemos señalar que es decididamente a la inversa: la dicotomía sarmientina es renovada permanentemente por el antiperonismo (aluvión zoológico, cabecita negra, profesores flor de ceibo, barbarie peronista, etc.). El muy culto y civilizado y socialista Américo Ghioldi, justamente dictó una conferencia en 1945 en el teatro Marconi que tituló “Alpargatas y libros en la Historia Argentina”, utilizando el maniqueísmo sarmientista para descalificar al peronismo que recién empezaba a nacer. Y fue el mismo socialista, ya caído el peronismo y ante su posible rebrote durante el intento revolucionario del general Valle en junio de 1956, quién expresó: “Se acabó la leche de la clemencia” aconsejando al gobierno militar de entonces a hacer uso de la represión y el fusilamiento, consejo que fue llevado a la práctica con sangrienta minuciosidad ejemplar.
Volviendo a la expresión en sí, su historia es la siguiente: en circunstancias en que una manifestación de obreros pasaba ocasionalmente enfrente de la Universidad Nacional de la Plata fueron provocados por los estudiantes que se encontraban en la puerta, por lo que los obreros manifestantes con esa frase que posteriormente atribuyeron erróneamente a Perón. Este incidente puede encontrarse en el diario “La Nación” del 18 de octubre de 1945 firmado por su corresponsal en la ciudad de la Plata. Cuando Perón se enteró del incidente de la ciudad de La Plata manifestó: “Alpargatas sí, Libros también” según nos manifestó personalmente quién fuera su edecán y asistente de turno, el Brigadier (R) Carlos French.
Fue realmente penoso, en un programa de televisión popularmente conocido como “A dos sobres”, ver la gestualidad de un Catón de pacotilla como Marcos Aguinis, quien bendice y excomulga desde sus intragables libros – lectura playera de los comerciantes prósperos que veranean en Pinamar -, exigiéndole al Secretario de Cultura que pidiera disculpas al pueblo argentino por permitir que se cantara la marchita y se transformara a la catedral laica de la Av. Alvear en una Unidad Básica. Indignación que no manifestó cuando en el gobierno de De la Rúa fue nombrado en el área un ignoto personaje que, no sólo carecía de obra conocida, sino que ni siquiera había terminado el secundario. Dato que sería accesorio si se hubiera escrito un libro, compuesto una canción o sido premiado en un concurso de plastilina. Pero no, el funcionario fue designado por su conocimiento del show business, dejando de lado la verdadera función del Estado, cuyo objetivo debe ser la construcción de nacionalidad y ciudadanía, y no el noticiero o el diario del día siguiente, como resultado de la afluencia de público a espectáculos masivos. Hasta gente que no es del palo lo tiene en claro.
“Es como si no se advirtiera que sin la acción del Estado al público masivo sólo le resta la posibilidad de seguir accediendo al arte industrializado por medio de la radio o la televisión, mientras que el acervo folklórico, la música y el teatro de avanzada las expresiones de cámara sinfónicas y operísticas quedan, cada vez más, confinadas a sectores de élite. Solo la protección y el estímulo por parte del Estado pueden ampliar el público de esas expresiones artísticas de profundo valor cultural. De lo contrario quienes puedan hacerlo seguirán viajando a Nueva York y a San Pablo para acceder a manifestaciones culturales de alto nivel, en tanto que aquí los artistas seguirán siendo privados de los medios indispensables para su formación y entretenimiento, y de la formación de un público que pueda valorarlos como merecen.” (Pablo Batalla, “De la cultura al entretenimiento”, La Nación 27/8/09).
Este es el debate y no la chicana de café. Cantamos la marcha sí, voz en cuello y con los dedos en V –“in hoc signe vince”- porque jamás renegaremos de nuestra identidad. Al igual que el general Pershing ante la tumba de Lafayette, pudimos decir: “Hemos regresado”.


Entre Escila y Caribdis

La dificultad de elegir entre dos males – en esta ocasión entre una ley heredada de la dictadura y una nueva que se nos presenta confusa y apresurada – tiene una larga tradición: el astuto Ulises sufrió esa prueba tras eludir los embrujos de las sirenas en su viaje de regreso a Ítaca. A fin de no naufragar en las embravecidas aguas del estrecho de Messina, el ingenioso aqueo prefirió bordear la roca habitada por la monstruosa Escila, que devoró a seis tripulantes de su nave, antes que orillar el peñasco de la aún más terrible Caribdis.
En cierta forma, en esta ocasión nos sentimos como el Laertíada, pero con una importante diferencia: con la ley de Medios de Radiodifusión nos pasa lo mismo que con el nombramiento de Coscia: basta ver quienes se oponen, para inmediatamente estar encolumnados a su lado.
El histérico debate, por parte de los grupos monopólicos, sobre la ley de medios, debe encuadrarse dentro del concepto de “hegemonía” desarrollado por Gramsci. Es decir, cuando el discurso de los sectores hegemónicos es impuesto, sutilmente, sobre las clases subalternas, que lo asumen voluntariamente como una categoría del “sentido común”. Hace veinte años, un papagayo rentado fallecido recientemente, que imploraba que “no lo dejaran solo”, desarmaba un teléfono ante las cámaras de televisión y decía que no encontraba adentro a un tipo con una banderita, a su vez reiteraba hasta el cansancio que los ferrocarriles daban un millón de dólares de pérdida por día y que las empresas del estado no había que privatizarlas, sino directamente regalarlas. Hasta se permitió organizar una kermés denominada la “Plaza del Si” donde miles de papanatas festejaron con regocijo su ingreso al Primer Mundo. Es decir, viajar a Miami sin necesidad de visa.
No recuerdo por aquellos años ningún “cacerolazo” cuando se regalaba Aerolíneas Argentinas, se entregaba el subsuelo y miles de petroleros y metalúrgicos eran obligados a permutar sus puestos de trabajo por el infame oficio del “cartoneo”. Es que “la gota de agua orada la piedra” y la prédica de los lenguaraces de los medios había penetrado hasta en los sectores más desfavorecidos. Aún hoy hemos mantenido discusiones con taxistas que manifestaban con vehemencia su solidaridad “con el campo”, mientras escuchaban Radio 10. Demás está decir que no sabía diferenciar un Shorton de un Aberdenn Angus, pero la radio le decía que los estaban robando, que primero iban por la tierra y después vendrían por su taxi “como en Venezuela”.
Ahora, como hongos después de lluvia, han regreso los voceros del mundialismo y la “integración al mundo desarrollado”, desde el vetusto Grondona hasta los penosos Espert, Cachanovsky y Broda para denunciar el retorno del satánico “estatismo”, sofisma que encubre lo que en realidad es la recuperación del patrimonio público, rifado o peor, destruido, desde el siniestro 2 de abril de 1976 con el célebre discurso de Martínez de Hoz. Eran las épocas en las que “al Proceso le era indiferente fabricar acero o caramelos”, la consecuencia es que la empresa argentina de mayor presencia internacional es “Arcor” y que San Nicolás se transformó en una ciudad fantasma. No se “estatizó”, se recuperaron los astilleros, las aerolíneas, el Área Material Córdoba, que comenzó a diseñar y fabricar aviones treinta años antes que Brasil y que el menemato regaló a una empresa norteamericana para rebajarla a taller de reparaciones (¿no habrá sido otras de las condiciones de los Tratados de Madrid tras nuestra derrota en Malvinas?). La única inversión desde que se privatizó Gas del Estado, gracias a los buenos oficios del “diputrucho”, fue la construcción de gasoductos para enviar un recurso no renovable al exterior con ganancias fabulosas para la empresa, no para el pueblo argentino que financió toda la infraestructura interna sobre la cual no se ha puesto un peso.
A esta fauna se le integran nuevos exponentes, como el estrafalario – en el aspecto y en el discurso – diputado de la Coalición Cívica Fernando Iglesias. Este curioso personaje plantea que hablar de reindustralizar el país es retrotraernos al siglo XIX, ya que en la actualidad las naciones del hemisferio norte son sociedades que apuestan a “la información y el conocimiento” (¿?) y que la reactivación de las Escuelas Técnicas es propio de mentes obsoletas (Menem destruyó las escuelas con el mismo libreto, dictado desde afuera). Es decir la propuesta es que nos dediquemos a la informática pero con computadoras adquiridas al exterior. ¡Esto sí que es regresar al siglo XIX! Exportar materias primas para importar manufacturas. Por algo integra en su Argentina del siglo XXI ¡Al sector primario agropecuario!, del cual no negamos su importancia en la economía nacional, simplemente destacamos que es competitivo gracias al desarrollo de nuestros científicos egresados de Universidades Públicas, no de tecnología importada. Al parecer por esos Lares ya no se fabrican barcos, ni aviones, ni automóviles, ni electrodomésticos, Pero que otra cosa puede esperarse de quien se presenta como “periodista y experto en globalización”, es como definirse “fabricante de sueños, operador alquímico y atleta sexual”. Es decir, un disparate. Cesare Lombroso estaba acertado, la cara es el reflejo del alma.
Este es el “discurso uno” que como en el “1984” de Orwell, imponen quienes se rasgan las vestiduras en nombre de la libertad de prensa y pluralidad democrática. Mientras el más insignificante cagatintas de toga judicial pontificaba en los canales de televisión ¿En qué noticiero se vio a un constitucionalista de nota como Alberto González Arzac, declarando que no veía objeciones de la Carta Magna respecto a la nueva ley? En el de canal 7, lo que demuestra la intolerancia de los que se proclaman tolerantes y abiertos a un diálogo que les es negado. Es curioso observar la bipolaridad de ciertos “analistas” políticos, cuando el país crecía a tasas chinas, no era por mérito propio sino por el “viento de cola”, ahora, que recibimos los efectos colaterales de la mayor crisis del capitalismo desde 1930, la responsabilidad es doméstica. Es evidente que hay muchos actores que juegan a la desestabilización, no solo los piqueteros como plantea cierta prensa canalla.

¿Cultura popular o Subcultura de masas?

En más de una ocasión hemos comentado, no sin cierta amargura, que la cultura el arte, la creatividad, están exiliados de sus espacios tradicionales. Una subcultura preferentemente audiovisual, mundializada a través de los medios técnicos se presenta como cultura nueva. Pero apenas logra encubrir su nihilismo radical. Se cumple la dramática sospecha de Hegel: el arte (y la Cultura) por el lado de su “suprema destinación”, es ya cosa del pasado. La cultura como expresión y construcción de lo humano y de las formas de civilización, ha sido relegada a las catacumbas. El poeta ha sido por fin exiliado de la polis.
Quien logra adueñarse, o intoxicar cuantitativamente, el Internet y los mecanismos globales comerciales de comunicación, logrará incomunicar casi definitivamente a la verdadera cultura. Quién se apropie del medio se apropiará de la verdad (que será virtual, sin otro contenido que su nihilismo). La verdad será como pasa con la pizza y las hamburguesas: la impone mundialmente quien tiene el aparato financiero y publicitario para imponerla; aunque nunca haya aprendido a prepararlas debidamente, por falta de gusto y cultura gastronómica.
El problema conceptual de la cultura encierra una complejidad que escapa al objetivo de estas líneas. La locución “cultura popular” es tan sólo un sinónimo de la palabra “ilustración”. Una persona ilustrada no es necesariamente culta. Igual sucede con los vocablos “instrucción” y “educación”. Las consignas educativas de William James que “civilizaron” a los Estados Unidos no se entendieron nunca como acción culturalizadora. La cultura entraña el problema crítico, que puede gravitar contra ella misma (Ernst Cassirer) y sus polos son la creación o la aniquilación, el platonismo o el nietzscheanismo. Tal expresión dramática no ha alumbrado en nuestro país salvo el caso aislado y cuestionado de Lugones.
Dice Henri de Man que la noción sociológica de “masa” hace sufrido desde hace un siglo importantes transformaciones, de modo que la palabra tiene todavía un sentido algo impreciso. En la época de los grandes levantamientos sociales y de las luchas por el poder – continúa diciendo – entre 1830 y 1848, entró en uso para designar una capa social inferior, privada de todo derecho. En ese sentido la empleó Thomas Carlyle cuando lanzó la fórmula “las masas contra las clases”. Las clases son en este caso, las capas de la población cuyos miembros gozan, en el orden existente, de una autonomía reconocida. Las “masas”, por el contrario, se encuentran por así decirlo, fuera del cuerpo social, y esto no sólo porque no poseen bienes ni instrucción, sino porque están privadas de todo derecho político. No es posible seguir en esta circunstancia las peripecias semánticas de este vocablo usado o aludido o analizado por Marx, Freud, Le Bon y Ortega y Gasset entre otros. Nos referiremos, por lo tanto, a su sentido usual.
Está claro lo que se quiere decir con el término “masa” cuando se alude a la mayor parte de la población de un país y, en general, a la mayor parte de la población del mundo. Con esta palabra se describen dos cosas: 1º) que fuera de la “minoría selecta”, hay una enorme cantidad de gente que, en conjunto, tiene la consistencia de una pasta blanda a la que la “selecta minoría” puede y debe darle la forma que mejor le convenga; 2º) que esa gran mayoría de individuos es como un cuerpo inerte, incapaz de moverse a sí mismo, y cuyas características se manifiestan por requerir para su moción, de la actividad de una fuerza externa más o menos enérgica, que deberá emanar de la minoría.
Lo lamentable es que este olímpico desprecio por el hombre común no proceda del hombre selecto, del aristócrata, sino del tendero. El verdadero aristócrata, el sacerdote, el sabio o el guerrero, ejerció siempre un liderazgo por derecho propio, por atracción psíquica, era el mejor en cualquier área de la vida social, el mejor poeta, el mejor artista, el mejor soldado, el mejor atleta, el mejor gobernante, y de la conciencia de su propio valer nacía un sentimiento de orgullo, de autoestimación, que establecía la distancia con el hombre común.
El ejemplar que se adueñó del vocablo “masa” y lo utiliza operativamente es nada menos que el personaje que en 1789, al deponer la decadente aristocracia, se convirtió en el gobernador del mundo. Es el burgués, el hombre de negocios, el que quiere hacer un pueblo para la economía y no una economía para el pueblo, es el que pone su vida al servicio de la acumulación de los bienes materiales, es el hombre que, como dice León Bloy, “no conoce padre ni madre, ni tío ni tía, ni mujer ni hijos ni hermanos, ni feo ni limpio ni sucio, ni caliente ni frío, ni Dios ni demonio. E ignora hasta lo último las letras, las artes, las ciencias, la historia, las leyes, porque no debe conocer ni saber más que los Negocios”.
Este lamentable emperador de Occidente es el creador de las empresas transnacionales y multinacionales, centros del efectivo gobierno mundial al que se subordinan servilmente las estructuras políticas de los diversos países conforme a una división internacional del trabajo y la producción. Hombre pequeño y calculador, moralmente sicalíptico e intelectualmente nulo, erigió el reino de la tierra para el disfrute obsceno de una minoría que tiene más pero vale menos. Y decimos que vale menos porque carece el sentido de la estética y la trascendencia de la vitalidad religiosa.
Para construir la estructura del mundo contemporáneo, el burgués debió enfrentar a las grandes mayorías que comenzaban a tomar conciencia de sus derechos, para ello no escatimó los métodos más brutales, pero la sola preeminencia de los pretorianos no fue suficiente. Se recurrió, entonces, a las herramientas que proporciona la tecnología y deformando lo que deberían ser medios de comunicación social, engendrar una abominación que padecemos cotidianamente: “medios de comunicación de masas”. Un mecanismo “orwelliano” para comunicar, no a los integrantes de la comunidad entre sí, sino a la totalidad de la misma con la central del poder. Es decir, “medios de comunicación masificantes”. Los ejemplos son tan evidentes, que nos excusamos de enumerarlos.
Morritz Janowitz y Robert Schulze intentan una suerte de definición de los “medios” de la que se infiere, sobre todo después de la aclaración que formulan, los efectos, que a su criterio, ejercen los “medios” en la sociedad moderna: “llamamos comunicaciones de masas a las operaciones por las cuales ciertos grupos de especialistas, utilizando procedimientos técnicos (prensa, radio, cines, etc.) difunden cierto contenido simbólico entre un público amplio, heterogéneo y geográficamente diseminado (...) más ampliamente, la sociedad moderna depende, en lo esencial de las comunicaciones de masas”. (El subrayado es nuestro).
En el marco reservado a la juventud, los mass media proponen incorporar como modelo el prototipo de la ambigüedad y la impotencia. Ambigüedad e impotencia que, según Eduardo Azcuy, se traducen en pérdida de identidad y, consecuentemente, en debilitamiento del proyecto histórico de emancipación. En ese campo la música es un factor de máxima importancia. Atractivas y fascinadoras, las estrellas musicales – más allá del contexto infernal que rodea sus representaciones: humo, fuego, luces pulsantes – resumen la tendencia hacia la ambigüedad que caracteriza a los nuevos héroes culturales del consumismo. La inclinación a la androginia impera en la moda y el espectáculo popular. Los ídolos transexuales aparecen como inofensivos, incapaces de reflexión y rebeldía. “La cultura norteamericana – ha escrito el historiador Marshal Berman – se siente a gusto entre estos personajes sin sexo. Dan la sensación de que se puede jugar con ellos porque no poseen identidad, no son hombres ni mujeres, no son blancos ni negros, no tienen edad definida, no crecen ni permiten crecer”.
El poder transnacional diseña una juventud sin rebeldías trascendentales, apta para el hedonismo y el consumo: satisfecha por una falsa y calculada liberación. Como dice el poeta venezolano Juan Liscano, es el triunfo de “al revés”, simbolizado en el canto y el baile de Jackson convocando a Luzbel, en “la representación iconoclasta y tentadora de una insurgencia contra la luz, tan antigua como actual, casi metafísica y exterminadora, si triunfara”.
No es una cuestión inocente, Umberto Eco la aborda con envidiable claridad: El problema de la “cultura de masas” está mal planteado. Raramente se tiene en cuenta el hecho de que, dado que la cultura de masas en su mayor parte es producida por grupos de poder económico con el fin de obtener beneficios, permanece sometida a todas las leyes económicas que regulan la fabricación, la distribución y el consumo de los demás productos industriales, el producto debe agradar, no debe ocasionarle problemas, el cliente debe desear el producto y debe ser inducido a su recambio...En definitiva, es una relación paternalista interpuesta entre el productor y el consumidor. Puede ocurrir que la relación paternalista permanezca inalterada cuando se transfiere de grupos económicos a grupos de poder político, que pongan a contribución dichos medios con finalidad de persuasión y dominio. Los problemas están mal planteados – afirma Eco – desde que se formulan del siguiente modo ¿es bueno o malo que exista la cultura de masa?
Entre otras razones porque la pregunta supone cierta desconfianza reaccionaria ante la ascensión de las masas, y quiere poner en dudad la validez del proceso tecnológico, del sufragio universal, de la educación extendida a las clases subalternas etc.”
Sin embargo, como hemos visto, “masa” significa un cuerpo inerte, arcilla sin moldear, objeto y no sujeto y la cultura es creación, dinámica, vida activa, que no puede surgir de la “masa”. Es decir, masa y cultura se excluyen. Estaríamos de acuerdo con Umberto Eco, si en lugar de masa dijera pueblo, y en lugar de “cultura de masas”, cultura popular. Entonces aceptaríamos de buen grado que los grupos reaccionarios burguesas, autodenominados aristócratas, se opongan al sufragio universal, a la amplitud educativa, etc.
Quienes confunden “subcultura de masas” con cultura popular comenten un error de graves consecuencias. La auténtica elaboración cultural del pueblo, la verdadera creación popular, se desarrolla de abajo hacia arriba, tiene su fuente en las raíces culturales y responde a necesidades del espíritu de la comunidad o del creador. Por el contrario, la “subcultura de masas” genera productos artificiales, elaborados en serie para la venta y distribuidos e impuestos de arriba hacia abajo. Ofician de entretenimiento, monopolizan el tiempo libre y ofrecen una “droga” que acentúa la inhibición, el desarraigo, la evasión, la imitación y el cosmopolitismo.
Un caso grotesco, difundido hasta no hace mucho por el canal estatal y reivindicado por funcionarios que jamás dedicaron diez minutos a Corelli o Bach, y tal vez ni a Astor Piazzola o Atahualpa Yupanqui, es ese engendro denominado “Música Tropical” o “Cumbia Villera”; paroxismo del mal gusto, la procacidad y la apología del delito, instrumentado por sobrevivientes del Paleozoico que con movimientos de monos epilépticos, incitan al sexo brutal, la borrachera y a “matar un rati”. No es una manifestación popular sino marginal, nacida en los aguantaderos y pabellones carcelarios y vulgarizada en los medios como la expresión genuina de los sectores pauperizados (que no por ello orillan las márgenes del crimen). Su verdadero objeto, inconfesado pero evidente, es desarrollar con mayor facilidad los “negocios paralelos”: las putas y el “paco”.
La “subcultura de masas” degrada el gusto y pervierte las posibilidades intrínsecas que posee el pueblo para gozar los valores estéticos y morales implícitos en toda obra de esencia creadora. En vez de degradarlo con engendros como el citado, deberían acercar al público a nuestras auténticas y genuinas expresiones musicales y también al mundo de Haendel y Cimarosa, con la convicción que gustará de él. Para Eugenio D´Ors, el poema “Martín Fierro” es tan complicado como las ecuaciones simbolistas de Mallarmé.
Muchos avatares sufrió la música clásica en nuestro país, el último es la desaparición del dial de dos radios consagradas a difundir la misma. Y no se explica que, llegados al final de la primera década del siglo XXI, alguien pueda seguir alimentando el necio preconcepto de que ella está destinada a gente pudiente o de alto rango social. La verdadera alcurnia es la del espíritu. Y esta se puede encontrar hasta en el compatriota más humilde. Bastará recordar las peregrinaciones del eximio pianista argentino Miguel Ángel Estrella por los altos del Aconquija tucumano con su piano, y el fervor demostrado por indígenas y gente de humildísima condición frente a las obras de Mozart o Chopin. Los conciertos multitudinarios de música clásica lo han demostrado palmariamente ante los ojos más incrédulos
Si, no neguemos que nuestra patria espiritual está en Europa, pero no en Europa como expresión geográfica, sino histórica. La historia de Europa, de Grecia a nuestros días, es la historia del espíritu humano, que ha venido viajando desde su antigüedad hasta nosotros, los americanos, los últimamente nacidos a la historia. La historia de Europa es la de la cultura occidental, y por tanto, la nuestra hasta hoy, la de nuestra genealogía.
Pero, si allá está la historia de nuestra genealogía, aquí en América está la historia de nuestro devenir, la de nuestra progenitura. Y por tanto, el punto de mira nuestro está en América.
Tenemos que ver con ojos americanos a Europa – y no a América con ojos europeos – y valorizar su historia en función de nuestro porvenir. Esta es la etapa de nuestra conciencia y de nuestra identidad que ahora comienza.

La Sociedad de los aplausos mutuos.

El alejamiento del estrafalario Torcuato Di Tella y el ladero tenebroso que le oficiaba de vocero, quienes no se cansaron de generar papelones y dilapidar recursos para su lucimiento personal, generó la ilusión de un cambio de rumbo en una Secretaría Nacional que no había excedido los límites del Barrio Norte. Lamentablemente nos equivocamos al no advertir que el cambio era meramente cosmético. La gestión de José Num, si bien se desarrolló en los marcos de la prudencia y la corrección, no trascendió los aspectos meramente formales y protocolares. Fue una administración que oscilaba entre el Vernissage y el café literario. Límpida, aséptica, pero sin el menor compromiso con el pensamiento nacional o, lo que es peor como en el caso de Fermín Chávez, negándolo.
Del 55 a esta parte, con la rara excepción del interregno 1973-1976, la política oficial fue entregar las finanzas a los Talibanes de la economía y la cultura a supuestos iconoclastas que destruyen cuanto ídolo hay, manos uno: el becerro de oro.
En la Argentina ya no hay bandos ideológicos, hay “bandas”. Advenedizos al prestigio, al poder y a los puestos públicos, para lo cual acuden a los mas variados ropajes.
Desde el pre-bachiller Lopérfido y su Banda de Golden Rocket (que pasaron sin escalas del bofe al shusi) a los artistas fracasados metamorfoseados en “críticos de arte” o “curadores de exposiciones”.
Desde hace décadas, como en una película de terror, anida en los sótanos del caserón de la Av. Alvear una extraña fauna de marxistas mitristas, cuya pirotecnia verbal no desdeña el lucimiento de las pilchas de marca o vivir los rigores del ostracismo en un “country”. Son como ciertos ex progresistas quienes, desde las páginas de “La Nación”, relatan las penalidades de su “exilio”, interno o externo, derraman alguna lágrima hipócrita por las penalidades sufridas en los “años de plomo”, pero desde posiciones supuestamente de avanzada confiesan “estar de vuelta” y culminan coincidiendo con los editoriales del diario que les forra los bolsillos. Tal es el caso de Marcos Aguinis o la versión más patética de Beatriz Sarlo.
Para ser reclutado en esta planta, tan solo basta amontonar palabras con pretensiones de poesía y publicarlas (con la segura luz verde de la CONABIP) con el modesto título de “Los pareceres de Fulana”; dar fe de profesar tolerancia hacia todas las posturas y creencias (menos las que huelan a populares y genuinamente nacionales) y manifestar con vehemencia solidaridad con los injustamente discriminados (gays, lesbianas, asesinos infanto-juveniles, faloperos, piqueteros, reventados, umbandistas, indigenistas de mercado, etc.).
Típicos exponentes de la clase media, fueron definidos por Lenin, a quién citan hasta el hartazgo, como el fruto podrido del árbol social. Seguramente por su tendencia a reaccionar intempestivamente cuando le meten la mano en el bolsillo pero no cuando les tocan el culo. Pero hay otro fruto, temido por los estratos medios, del que no se ocupó Ulianov: el “lumpen”. En alemán, “lumpen” deriva de “lump” (canalla, rufián) Un trapo andrajoso es un “lumpen” y por “lumperei” se entiende: piojería, canallada.
Cuando Carlos Marx se refirió al “lumpenproletariat”, aludió al conjunto de individuos no integrantes de la ecuación capitalistas-asalariados, y que por ello permanecían al margen de la estructura organizativa del trabajo remunerado. Rota la barrera de la conciencia de clase, integrando el último subsuelo de la escala social, impera este núcleo de miserables, fuente de inspiración de autores como Víctor Hugo, Charles Dickens y Kurt Weill. En nuestra pampa se da el caso especial del lumpen como categoría mental, caterva de ignorantes que desde la categoría pestilente del “se igual” han sabido construirse un espacio en los medios y son presentados, sin que nadie se sonroje, como exponentes del “quehacer cultural”: seudo-revisionistas de quiosco; indigenistas cuyo compromiso con las comunidades aborígenes no trasciende la venta de artesanías en las salas de la Recoleta y los conciertos de Beatriz Pichi Malen y disfracistas con pretensiones de literatos que entre los intersticios de la exacerbación, de la transgresión genial de los verdaderos creadores se instalan, como siempre, como simuladores.
José Ingenieros, casi un siglo atrás, hablaba de la simulación en la lucha por la vida y hablaba de la simulación de la locura. En 1904, el Dr. Ramos Mejía hablaba de la simulación del talento. En cuanto a los simuladores de talento, solo saben simular la locura, lo exterior de la creación. Copian la exterioridad intrascendente y humana del artista, sus tics, sus manías. Simulan la locura loca, pero no pueden aprehender su alma. Y, verborrágicos y estériles, contraídos y convulsos, invaden los medios, pululan por las exposiciones y fatigan los pasillos de las redacciones.
Sus convicciones progresistas no le impiden compartir debates con gorilas de ayer y de hoy, en tanto y en cuanto sean funcionales para arremeter contra “el hecho maldito del país burgués”: el peronismo. Su milicia democrática puede ser integrada indistintamente por el Instituto Hanna Arendt y Néstor Pitrola, como por Hugo Gambini y Marcos Aguinis. El reconocimiento le estará vedado a quien no apruebe las inquisiciones del nuevo “Comité de Salvación Pública”, pero cuanto cagatinta o defecador de lienzos rinda pleitesía a la cultura oficial y se someta dócil al pensamiento hegemónico, podrá acceder a las becas y subsidios, recibirá premios de sus pares y participará en reuniones y congresos donde los asistentes se aplaudirán mutuamente luego de cada presentación.
Así, adquiere sentido que los libros del recientemente fallecido Fermín Chávez hayan sido rechazados durante la gestión anterior a Coscia por la CONABIP con el argumento de ser “políticamente tendenciosos”, nada menos que por funcionarios de una administración que se define peronista. Si Kafka hubiera nacido en la argentina, hubiera sido un escritor costumbrista.
Pero esta discriminación no es inocente, responde a la lógica facciosa de la “Ilustración”, que encuentra antecedentes en el terrorismo unitario que fusiló a Dorrego y ahora se encabalga en el uso y abuso perverso del adjetivo “fascista” (Macri, Carrió, Aguinis) para desacreditar toda manifestación de patriotismo o afirmación nacional. Acusación errónea o equívoca, por no decir maliciosa, ya que no debe confundirse el “totalitarismo” europeo con la canalla gorila y doméstica. Ningún fascista traicionó a su país. Canaris no era nazi, Badoglio no lucía camisa negra.
Iniciar polémicas sobre este tema es pueril e inútil. No obstante, corresponde establecer que quien moteja de “fascista” a un rematador de su Patria no sabe lo que dice. Y a nadie honra el cultivo manifiesto de la ignorancia. Menos aún, a los que pregonaban ser, antes del posmodernismo, “hijos del siglo y la ilustración”.

La Feria de las vanidades.

Esta inquina hacia todo lo que huela a patriotismo o al denostado término de nacionalismo, viene de larga data y responde a una curiosa patología: adherir al pensamiento dialéctico sin pensar dialécticamente y asumir ideologías revolucionarias de cualquier parte sin convertirse en revolucionario en su propio país. Ya que si fueran coherentes y pensaran dialécticamente, desde el campo de su cacareada revolución, “pensarían en nacional”, pues no puede existir justicia social en un país agraviado y sometido a los designios del capital transnacional.
Su exhibición más patética es la hiperpromocionada “Feria del Libro”, donde una serie de parásitos de una sobreevaluación individual que no merecen; con veleidades de intelectual “avant la lettre” y declamadores de una cultura de vermouth, a la que dicen defender ante la siempre omnipresente amenaza de las alpargatas; se pavonean como faisanes vetustos entre centenares de estanterías repletas de libros prolijamente exhibidos y convenientemente “autorizados”. Una galería de pastiches seudoreligiosos y manuales de autoayuda al estilo de “Tenga una vida sexual plena después de los 80 años” o “El evangelio de Barrabás”, que son motivo de sesudas mesas redondas y olvidables paneles.
Uno de los asiduos invitados a este suceso anual para analfabetos y comerciantes es el inefable Vargas Llosa, quien, tras perder las elecciones presidenciales en el Perú, descubrió la imbecilidad congénita de sus compatriotas y la futilidad del solar patrio, renegando del mismo y acogiéndose embelesado a la ciudadanía europea. “El nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción colectiva – la nación – el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo” (La Nación, 20/1/06). Es evidente que en los Balcanes de su amada Europa no lo leen, porque meses después de estas declaraciones, Montenegro se declaró nación soberana.
Al país no lo jodió las alpargatas, le hizo mal las incitaciones de los libros aviesos, la falsa ilustración, el tono de engolamiento doctrinario, el abuso de la palabra como instrumento de oprobio y su perduración aciaga en las columnas periódicas y en el libro. Palabra emponzoñada, enfardada en odio y resentimiento, proclamada y reiterada hasta el hartazgo por un escritor erudito, aspirante a “scholar”, cuya difusión semicosmopolita se debe a razones extraculturales (director de la biblioteca de Estado más importante del hemisferio austral, “viajero” anglosajón de su propio país, arcángel Miguel de la milicia democrática contra el dominio oscuro de Satán-Perón. Cultivo moroso del culto gardeliano a la “viejita”, frecuentación de un “entourage” de `poetisas y poetastros semiinstruídos, etc. etc.) En suma, los mitos de Pasternak y Solshenitzin, trasladados al subdesarrollo de una colonia intelectual europea.
Releemos a J.J. Hernández Arregui:
“Un escritor colonial – más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras – es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió. Y en esto se parece a Borges. Que ha caído en la farolería de hablar de Pitágoras sin conocer la filosofía griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura colonizada, desde el punto de vista argentino es más fantasmagórico que el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges – ese “cadáver vivo de sus fríos versos” que dijera Lope de Vega – hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado aquí, si no fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: “si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón. El desmán sería para reírse, sino fuese, como lo hemos expresado en otra parte, porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje.(...) Si. Todos hemos de morir. Borges también Y con él, se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo y supremo instante, La eternidad de la historia, la única y luminosa eternidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, los amortaja con una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales: “Hay una lágrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba más humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben, las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora”.
De ninguna manera participamos del criterio de que hay una relación dialéctica entre la obra de arte y el perfil ideológico de su autor. Si sabemos que hay grandes creadores que cuando salen de su obra entran en la neblina.
Julio Cortázar dijo que se tuvo que ir de la Argentina porque el tronar de los bombos peronistas no le dejaba disfrutar de los conciertos de Bela Bartók. Borges, en cambio, no parece haber tenido inconvenientes, en esos años, para escribir sus textos más personales y reconocidos. En 1944 habría de publicar Ficciones, cinco años después El Aleph, en 1951 la selección de cuentos que conforman La muerte y la brújula y al año siguiente el volumen ensayístico Otras inquisiciones. De este período don también buena parte de sus obras en colaboración – El Martín Fierro con Margarita Guerrero, Antiguas literaturas germánicas con Delia Ingenieros, entre otras – y de las antologías y volúmenes de cuentos realizados con Adolfo Bioy Casares. Esta intensa producción literaria, sin embargo, le dejó tiempo para comenzar una tardía pero exitosa carrera docente en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y en el Colegio Libre de Estudios Superiores, ejercer la dirección de la revista Anales de Buenos Aires e, incluso, para la actividad gremial (fue presidente de la S.A.D.E. entre 1950 y 1953) Derroche de energía realizado en la opresiva y lúgubre atmósfera de la Segunda Sangrienta Tiranía. No tuvieron igual suerte los intelectuales de la década del setenta, signada por la tutela de los que él denominó caballeros militares.
La revista de Letras Sur se refirió a la autocensura a la que se sometieron los escritores liberales de nuestro país bajo el peronismo, ya que la censura auténtica, la oficial, parece no haberse ejercido contra ellos en dicho período. Olvidaron quienes esto afirmaron que toda obra artística representa en alguna medida, una acusación contra la sociedad y el estado en que ha nacido y que los grandes hombres – tales los casos, por ejemplo, de Poe y Lugones – testimoniaban de ordinario contra la sociedad que los había creado. ¿Aguardó acaso Hernández, el advenimiento de Irigoyen, para componer su “Martín Fierro” y Sarmiento el de Mitre para escribir su “Facundo”?
La citada autocensura no fue sino una máscara para cubrir la esterilidad y el conformismo.
El objeto de la literatura, que en su mejor tradición fue un medio de comunicación estética entre todos los hombres, se convirtió en manos de estos falsificadores en un método de incomunicación. Escribían para escritores, vale decir, para los iniciados en la religión secreta. El despotismo ilustrado o seudo ilustrado de este lenguaje esotérico posee la curiosa característica de pretender infligir a la prosa una calidad intelectual rigurosa; la triste verdad es que sus propios autores no pueden explicarse que es lo que quieren decir.
Decía Jorge Abelardo Ramos: “Los poetas argentinos que más se ocupan de lo mágico, lo angélico, lo delirante o lo metafísico, están a mil leguas de rehacer en sí mismos todos los procesos de iconoclastia, enfermedad y locura que dotaron al arte europeo de artistas en estado salvaje. Nuestros intelectuales traducen pasiones ajenas: desarraigados, sin atmósfera – sombras de una decadencia o de una sabiduría que otros vivieron – De ahí que la literatura argentina posea ese carácter gris, igualitario y pedante que aburre o indigna”.
En realidad, más que el bardo del coraje orillero, Borges fue el cultor moroso del mito gardeliano de la “viejita”.
En 1948 un incidente banal marca a fuego su resentimiento: su madre, Leonor Acevedo, y su hermana, Norah, son detenidas y condenadas a un mes de prisión. Estela Canto relató así los hechos: “La calle Florida siempre estaba abarrotada de gente durante el día y entonces la atmósfera política era muy tensa. De repente, Doña Leonor, seguida por sus acompañantes, prorrumpió en invectivas contra Perón y Evita, flamante esposa del general. Después se pusieron a cantar el himno nacional. Las damas fueron rodeadas por la multitud, y la policía, temiendo que la cosa pasara a mayores, las arrestó y las trasladó a la comisaría”. “A partir de ese momento – dice uno de los biógrafos del escritor – la postura de Borges se volverá irracional y maniquea. A partir de ese momento y para siempre, todo lo que oliera a peronismo sería repudiable y perverso”.
No se inmutó mucho Borges cuando centenares de mujeres después del 55, fueron enviadas a “veranear” a Ushuaia. Pero claro está, esas no eran “damas”. Ni eran “caballeros militares” los oficiales flor de Ceibo del general Valle, fusilados por el “ario” Rojas que nos había liberado del gobierno de la negrada.
Su odio berreta tenía un origen mucho más prosaico que el generado por la caída de un supuesto orden aristocrático. En abril de 1946 un ahora mítico decreto transfiere a Jorge Luis Borges de su modesto puesto de bibliotecario municipal, auxiliar de tercera según la aséptica terminología oficial, al de Inspector Municipal de Ferias. El escritor indignado renuncia. En realidad, según nos dijo personalmente Fermín Chavez, se intentó evitarle un sumario dada su prolífica producción de libelos contra el gobierno que le pagaba el sueldo.
Sobre esta transferencia, así sobre su presunto nuevo puesto (Inspector de aves y conejos para Emir Rodríguez Monegal, de pollos, gallinas y conejos para Alicia Jurado, de apicultura según funcionarios de la época, de policía municipal en una de las versiones de Borges) y sobre quién (por orden directa de Perón según algunos amigos del escritor, por mecanismos burocráticos e impersonales como se desprende del examen de los documentos oficiales, por una revancha de algún oscuro burócrata como dice María Esther Vázquez) y por que se ordenó (por faltas disciplinarias como también constata Ribera, por persecución política según la afirmación más difundida que es, también, la del propio Borges), existen numerosas versiones. Una exhaustiva investigación y una adecuada vinculación con el acontecer político del momento se encuentran en Jorge B. Ribera “Borges, ficha 57.323” incluido en Jorge Dubatti (comp…) Acerca de Borges, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1999.
Este ex empleado municipal, posteriormente acumulador de prebendas de todo orden declaró durante muchos años que los premios oficiales a la producción literaria fueron una “especie de soborno”. ¿Qué nombre habría que adjudicar entonces a los 25.000 pesos moneda nacional que el famoso Apold entregara a Borges por intermedio de Armando Bo en pago del libreto cinematográfico “Días de odio”?. Se lo podrá llamar un soborno fracasado, pues Borges no incensó a Perón. Pero soborno fue.
Mientras tanto, a cincuenta años, se sigue batiendo el parche del martirio de la “intelligentzia” argentina en la oscura década del peronismo. Un escritor argentino no es un mártir argentino, sino a veces un infeliz. Mártir fue Lugones.
No queremos extendernos demasiado con esta “vaca sagrada” del gorilaje de izquierda y derecha. Pero sí aclarar los tantos respecto a las persecuciones. Un escritor tan cercano al peronismo como un musulmán a la cerveza, Enrique Zuleta Alvarez, describe con palabras veraces el panorama cultural anterior a la aparición del justicialismo:
“A las razones de índole literaria que esgrimían quienes consideraban perimido el realismo narrativo, se sumaban, pues, los motivos ideológicos que, en ese momento, asumían el carácter de banderías irreconciliables. Pero el panorama se agravó cuando, después del golpe militar del 4 de junio de 1943, surgió en la política argentina el general Juan Domingo Perón y se inauguró la era cubierta por su movimiento político.
Desde el primer momento y en su casi totalidad la clase intelectual argentina se alineó contra Perón, y las personalidades más representativas de las instituciones, de los diarios y de la universidad integraron una de las frondas mas activas en una militancia que, finalmente, fue derrotada. No es fácil, desde nuestro tiempo, transmitir lo que fueron los odios despertados por la aparición del peronismo y la dureza y permanencia de las condenas ideológicas. El nuevo régimen, por su parte, contribuyó al sectarismo agresivo con exigencias partidistas y persecuciones que inauguraron una corriente de odios ideológicos, funesta en la vida argentina.
Gálvez y su mujer, que no militaban en la política, justificaron la aparición de las masas populares y fueron repudiados por los “antiperonistas”, con una acusación más que se sumaba a la condena por su catolicismo hispanista.
La Sociedad Argentina de escritores, con la cual Gálvez había colaborado durante años, estaba férreamente comprometida con el antiperonismo y en 1945 expulsó a dos escritores que también se habían negado a esta línea: Arturo Cancela y Leopoldo Marechal. Ante la acusación de antidemocráticos y totalitarios que se le hacía junto a otros escritores, Gálvez renunció a la SADE con una carta en la cual fundaba su disidencia y en sus Recuerdos no trepida en afirmar, ante el hecho que no se levantara una sola voz en su defensa: “En la SADE existía una especie de dictadura izquierdista, y ya se sabe lo que es la cobardía de los argentinos” Enrique Zuleta Alvarez. “España en América. Estudios sobre la historia de las ideas en Hispanoamérica” Confluencia. Buenos Aires. 2000.
Como respuesta, Cancela, acompañado por el matrimonio Gálvez y un grupo de escritores, fundaron la Asociación de Escritores Argentinos (ADEA), proclive al peronismo, que le prestó un apoyo inicial, que luego decayó porque el gobierno tenía otras prioridades, como mejorar la condición de la clase obrera y no restañar las heridas infringidas en el orgullo de algunos intelectuales, por nacionales que fueran. (Con el tiempo advertiría el error, ya Gramsci se había percatado que el combate cardinal era el cultural).
Continúa Zuleta Alvarez: “Cuando otro golpe de Estado militar derrocó en 1955 al peronismo fueron encumbrados los intelectuales antiperonistas, que no olvidaron sus agravios contra Gálvez, ya definitivamente alejado de toda presencia pública. Desde los diarios, revistas y cátedras universitarias su nombre desapareció casi por completo del canon literario argentino, y las ideas del catolicismo hispanista que había defendido pasaron a integrar el cuerpo doctrinario de la antidemocracia, unánimemente execrada.”
Estos eran los valores republicanos y la “moral” que restauraban los “libertadores”. Ni una palabra se escuchó en boca de Borges en solidaridad por sus colegas. No por enemistad política sino por envidia mezquina.
¿Y Lugones? Condenado a las hogueras progresistas por “reaccionario” y a pagar el precio del suicido. ¿Y los tres Arturos? (Cancela, Capdevila y Marasso), En el arcón de los trastos viejos, carcomidos por el polvo del olvido. ¿Y José Gabriel?, A consumirse en la extrema pobreza. ¿Marechal, César Tiempo? El olvido. ¿Jauretche? El exilio, que solo vivió Borges mientras dormía. Tal sigue siendo la condena a la que los someten quienes aún detentan las riendas de la Cultura Oficial y se flagelan por la ausencia de “Georgi”, el único escritor que conocen.
Nuestros “intelectuales” de segunda, naufragando entre la epistemología de las ciencias sociales y la denuncia, creen que son el cerebro de algo, cuando en realidad son la mierda de algo llamado “como sobrevivir trabajando de felpudo y de inteligente hasta que nos descubran”.
Decía Ignacio Anzoátegui que había que crear la “Dirección Nacional de Patadas en el Culo”. De existir, el primer expediente, por lo fácil y expeditivo lo encabezarían todos estos cagatintas y escribas de la letrina, que en nombre de una cultura de la cual desconocen hasta los rudimentos, encabezaron y encabezan la anatematización de los verdaderos pensadores nacionales.